El BCE se enfrenta al dilema de aumentar la cuantía de su política monetaria expansiva

El BCE se enfrenta al dilema de aumentar la cuantía de su política monetaria expansiva

Anchor

Europa desacelera
El BCE se enfrenta al dilema de aumentar la cuantía de su política monetaria expansiva ante el temor de que el crecimiento económico en la zona Euro se esté ralentizando. Los indicadores macroeconómicos adelantados muestran que la economía de la Eurozona sigue en senda de expansión, pero da muestras de desaceleración.

La desaceleración se hace patente tanto por el lado de la oferta como por el de la demanda. La producción industrial da muestras de haber agotado el estímulo de la depreciación del euro respecto al USD y al JPY, tras varios meses de mejora. La demanda de bienes y servicios, muy vinculada a la creación de empleo y a las mejoras salariales, tampoco da señales de mejora más allá de la reposición de ciertos bienes duraderos (ventas de vehículos nuevos).

Las empresas no lo ven tan claro
Así, en Alemania, el índice PMI manufacturero se situó en septiembre en 52,3 desde 53,3 en agosto, un nivel todavía expansivo (una lectura superior a 50 indica crecimiento), mientras que el conjunto de la zona euro pasó a 52 desde 52,3 del mes anterior. Francia, por el contrario, pasa de los 50 puntos por segunda vez desde abril de 2014, con 50,6 en septiembre (y anteriormente en junio de 2015, con 50,7).

Otros indicadores, como el PMI de servicios en 54 puntos desde los 54,4 puntos en agosto, también muestran tendencias parecidas, con lecturas expansivas desacelerándose progresivamente.



Y los consumidores tampoco…
La confianza de los consumidores europeos también se reduce, afectada por el efecto renta negativo que supone la destrucción de valor por las caídas en los mercados bursátiles y por el escaso rendimiento que proporciona el ahorro, en un marco de moderación salarial y desempleo elevado. Así, en la zona euro el paro se mantiene en el 11% de la población activa, con numerosas diferencias entre los países miembros.



En este entorno, la necesidad de mantener una política monetaria que estimule el consumo y la inversión, mediante tipos de interés nominales bajos y reales (descontada la inflación) negativos, se postula como algo imprescindible para sortear el  bajo crecimiento económico. Bajo crecimiento que se da en el marco de un estancamiento demográfico y de baja propensión al consumo, a la vez que la capacidad productiva se mantiene en un potencial muy superior a la demanda, lo que se hace notar en precios de producción a la baja y en utilización parcial de los medios de producción.

La necesidad de reducir el endeudamiento, público y privado, actúa como fuerza contraria a la expansión económica curiosamente en el momento de la historia reciente en el que más barato resulta endeudarse. Sin embargo, los datos de crecimiento del crédito al sector privado son muy inferiores a los de la tasa de crecimiento de la masa monetaria: es decir, el motor crediticio arranca, pero la transmisión falla y el vehículo no se mueve a la velocidad esperada. Por más dinero que se inyecte, el crédito no crecerá si no cambian las expectativas.

El problema de la sobrecapacidad
El escaso crecimiento mundial parece, pues, que se reparte por turnos, primero en EEUU, luego en Japón y ahora en Europa, mediante devaluaciones competitivas y manteniendo un nivel de empleo de emergencia que no altere demasiado el estado de las cosas. A la vez, intentando digerir el volumen de deuda creado durante y después de la crisis financiera de 2008, huyendo de una deflación que tiene su raíz en el exceso mundial de capacidad productiva ante la desigualdad de renta y riqueza mundial, que frena el consumo en los países y estratos sociales más pobres.

Todo en el marco de un G-20 del que poco trasciende y que mira con preocupación la reorientación de la economía China y sus temibles efectos en el resto del mundo desarrollado si el gigante asiático necesita dar pasos bruscos para no caer en el desorden social.